Luego del fracaso de Maratón, Jerjes, el rey de Persia, viajó con 200000 soldados para una nueva
invasión a Grecia en finales del verano del año 480 a.c. En el mar 750 naves de guerra atacarían
a la flota griega, casi toda ateniense.
Ubicado el ejército invasor en el norte, el paso de las Termópilas era el único camino para
llegar al sur, un pasaje de sólo 15 metros de ancho. Leónidas, general espartano, fue el
encargado de resistir el área. Él y unos 300 soldados óblitas previamente preparados para la
muerte se unieron a otros 7000 hombres de Atenas y otras partes del país.

Leónidas sabía que perdería la batalla, sin embargo debía luchar hasta morir, tal como le
enseñaban a los luchadores espartanos. Reconstruyeron el muro que rodeaba Termópilas para
impedir cualquier paso persa que no sea por el corredor, para posteriormente desechar la
propuesta de Jerjes para una paz y así evitar el derramamiento de sangre. Mientras tanto, una
intensa tormenta causó grandes daños en la marina persa causando gran enojo en Jerjes. Aún así,
el rey persa estaba seguro de que el mayor número de hombres (la relación fue de casi 30 a 1)
era suficiente para una victoria rápida.
El 18 de agosto, tras cuatro días de preparaciones, empezó la lucha. Los persas se dieron cuenta
que la estrechez del campo de batalla diluía su ventaja numérica, cayendo uno a uno ante la
mejor armadura griega. Rápidamente el paso se convirtió en un campo de muerte, en la que ni
siquiera las mejores tropas de Jerjes pudieran hacer algo por impedirlo. Al caer la noche, los
persas se retiraron para idear otro plan de ataque.
Al día siguiente Jerjes armó una brigada de élite para destruir la defensa griega, con la
amenaza de la muerte en caso de retroceder. Nuevamente fueron aniquilados. Jerjes tuvo que
suspender el ataque al ver cómo caían sus mejores hombres y la moral de su ejército.
Sólo una cosa podía vencer a los griegos: la traición. Efíates fue comprado por los persas para
que les mostrara un camino que pudiera rodear el paso de las Termópilas. Los persas rodearon el
lugar durante la noche.
El 20 de agosto fue el día decisivo de la lucha. Los defensores, diezmados en número en los días
previos, fueron rodeados y la lucha ésta vez fue desigual. Hacia el mediodía los pocos que
quedaban en pie resistían con las manos y pies cuando sus armaduras ya no les eran inútiles.
Cuando ya no había casi nada por qué luchar, los arqueros persas lanzaron sus flechas hacia los
griegos para no desperdiciar más hombres. El cuerpo inerte de Leónidas fue encontrado y
decapitado para mostrar su cabeza al ejército, pero su moral ya estaba dañada por la inmensa
cantidad de hombres que perdieron peleando contra sólo unos cuantos. Estaban preocupados por el
futuro que les iba a esperar más adelante. Aún así, la batalla de las Termópilas había terminado
a su favor.
Aunque Grecia perdió la batalla y el camino hacia Atenas estaba abierto, aquellos defensores se
hicieron de un nombre como símbolo de heroísmo, tal como lo quería Leónidas.