Aunque el avión a motor estaba en auge, el ansia del ser humano de volar como las aves no tenía
fin. Uno de los intentos más famosos fue la de Franz Reichelt, un próspero sastre y también un
gran visionario.

Siguiendo los diseños de Leonardo Da Vinci, y algunos fallidos intentos anteriores, este hombre
diseñó gracias a sus capacidades un traje aerostático. Fueron muchos los prototipos probados
desde algún lugar alto, pero ninguno funcionaba porque caían como si fueran piedras. Reichelt
excusó su fracaso afirmando que, al probarlos con muñecos, no podían mover los brazos y así
levantar vuelo.
Entonces su conclusión fue, que el traje debía ser probado por él mismo.
Así, la mañana del 23 de febrero de 1912 una numerosa cantidad de curiosos estaban al pie de la
torre Eiffel, deseosos de saber si el experimento de Reichelt tendría éxito. El soñador se ubicó
en lo alto de la torre convencido que iba a hacer lo que nunca nadie había hecho antes. Se lanzó
a las 7:05. Tres segundos después, el legado del hombre que quiso volar fue un agujero de 35
centímetros en la calzada.
Nunca más las autoridades parisienses otorgaron un permiso para hacer este tipo de actividades
en la torre Eiffel.