Cuando Albert Einstein murió el 16 de abril de 1955, el doctor Thomas Harvey fue encargado a
ocuparse del cadáver que iba a ser incinerado.
Sacó algunos órganos del científico para su estudio y descifrar las causas de la muerte, entre
ellos, su cerebro. Cegado por la curiosidad, se guardó este órgano para sí y lo conservó en
líquidos especiales, entregándoles el resto del cuerpo a la familia sin que decirles nada de lo
que había hecho.

Harvey tenía la intención de robar el cerebro de Einstein para estudiarlo. Cuando se conoció el
escándalo, la suerte de Harvey pendió de un hilo hasta que la familia del genio le permitió
seguir con sus investigaciones.
Pasó un tiempo hasta que la comunidad científica le pidió a Harvey resultados de sus estudios,
pero no tenía respuestas a sus preguntas simplemente porque éstos nunca se habían realizado.
Sabiendo que nuevamente corría peligro, desapareció.
No se supo nada de él hasta que viajó en busca de la nieta de Einstein para devolverle el
cerebro robado y así volver a su vida normal. Actualmente este órgano está bien cuidado en la
Universidad de Princeton.