Un 3 de diciembre de 1967, un joven equipo de doctores al mando de Christian Barnard, inició la
era de los transplantes al realizar el hasta ahora más difícil de todos, el transplante de
corazón.

En el hospital de Grotte Schuur en la Ciudad del Cabo (Sudáfrica), el paciente Louis Washkansky
no tenía nada que perder ya que estaba virtualmente condenado a muerte en cuestión de días.
Cuando se supo que la familia de Denisse Ann Darvall aprobó ceder el corazón de la joven
recientemente fallecida por un accidente, los ojos del mundo científico volvieron hacia el sur.
El proceso, a grandes rasgos, fue cercenarle todos los vasos conectores del corazón de
Washkansky e inmediatamente conectarlos a una enorme máquina que haría la función de bombear la
sangre. Previamente separado el corazón sano de Denisse, con mucha delicadeza lo insertó al
cuerpo del paciente y volvió a suturarlo. Un ligero golpe eléctrico al órgano nuevo y éste
empezó a funcionar. La parte quirúrjica había terminado bien. Para el mundo, la operación fue un
rotundo éxito.
Pero faltaba algo más. Todo sería inútil si es que el nuevo corazón era rechazado por el
organismo de Washkansky. Los doctores por fin pudieron cantar victoria al confirmar que esto no
ocurrió. Pero la vida del paciente sólo se prolongó 18 días, ya que una pulmonía lo mató justo
en pleno proceso de recuperación, aunque el corazón estaba funcionando con normalidad.
El resto del mundo desarrollado adquirió las ideas de Barnard y hoy, un transplante de corazón
(así como de muchos órganos) ya dejó de ser un imposible.