La fiebre del hombre por conocer el mundo donde vive alcanzó su máxima esplendor a principios
del siglo XX, cuando se retó a los más intrépidos a llegar al Polo Sur, el último lugar del
planeta donde el ser humano no puso el pie.

Entre 1902 y 1909 dos expediciones, de Robert Falcon Scott y Ernest Shackelton, trataron de
llegar al Polo sin éxito (Shackelton estuvo a sólo 155 kilómetros de la meta). Dos años después
se organizó una nueva expedición a cargo de Scott, Capitán de la Armada Británica, con la mayor
cantidad de hombres y recursos que jamás se hubiera realizado.
En Noruega, Roald Amundsen preparaba su expedición rumbo a la conquista del Polo Norte; pero
Robert Peary se le había adelantado. Al enterarse de la partida de Scott al Polo Sur, Amundsen
decidió hacer lo mismo, noticia que mantuvo en secreto hasta el último momento.
El 10 de junio de 1910, la Terranova zarpó de Inglaterra en medio de una gran fanfarria,
llevando 65 tripulantes (divididas en dos expediciones), 42 perros, 19 ponys y 3 trineos a
motor. La organización de Amundsen fue mucho más reducida, saliendo de puerto en el Fram dos
meses más tarde y casi sin despedidas, llevando 19 expertos y 97 perros entrenados para el frío,
afirmando públicamente que se iba al Polo Norte.
Tal como lo había planeado, en medio del camino Amundsen le mandó un telegrama a Scott iniciando
así la carrera al Polo Sur:
"Le permito informarle, que el Fram procede a la Antártida. Amundsen".
Los noruegos llegaron a la Antártida en enero de 1911 estableciéndose en la Bahía de las
Ballenas, 96 kilómetros más cerca al Polo que el campamento de Scott que se ubicó en McMurdo
Sound. Esta movida equilibró la diferencia en tiempo a su favor. Acto seguido, transportaron
suministros y alimentos hacia diferentes depósitos a lo largo del viaje, con distancia de un
grado entre ellas (60 millas náuticas) y con señas suficientemente descifrables como para no
perderlas. La organización de Amundsen, 4 veces más reducida que la de Scott, resultó ser mucho
más eficiente.
El 20 de octubre de 1911, partieron rumbo al polo Roald Amundsen, Helmer Hanssen, oficial
experimentado y especialista en perros, Sverre Hassel, conductor de trineos, Olav Bjaaland,
campeón de esquí y Oscar Wisting, arponero de ballenas. La estrategia de viaje era simple: todos
los noruegos eran excelentes esquiadores, dejando la responsabilidad del transporte de la carga
a los perros que llevaban los trineos en grupos de a trece, compensados siempre con generosas
raciones de comida y chocolate.
Por el contrario, la expedición de Scott empezaba mal. Partieron 12 días después que la de
Amundsen. Los trineos motorizados no duraron nada, así como los ponys que resultaron útiles sólo
al morir como alimento. A la cuarta parte del camino, los hombres tuvieron que transportar sus
propios trineos a pesar de contar con perros para tirar de ellos. A ese paso, la expedición
británica recorría en promedio la mitad que la noruega (a pesar que llevaban la mitad de peso en
equipos), con el agregado de un terrible desgaste físico. Para colmo, sus provisiones estaban a
100 millas náuticas, 40 más que la de sus rivales.
A un ritmo de 32 kilómetros diarios, la expedición de Amundsen subió el glaciar Axel Heiberg en
cuatro días y llegaron a la meseta polar el 21 de noviembre. Tras esto, sacrificó a 24 perros
para quedarse con su carne. Tal como lo había planeado, se quedaría con 18 para atacar el Polo.
Gozaba de una gran ventaja sobre Scott, que a esa altura ya había mandado a sus perros a la
base. De acuerdo a su filosofía, practicaba el noble arte de jalar ellos mismos sus trineos.

Para el mes de diciembre, Amundsen ordenó aumentar la velocidad de marcha, pensando que la
expedición de los ingleses los estaba superando. El 14, Amundsen y sus hombres con sus aparatos
en mano medían minuto a minuto cuánto faltaba para llegar a la meta. A las tres de la tarde del
15 de diciembre de 1911, la expedición noruega alcanzó los 90 grados Latitud Sur. Habían llegado
al Polo Sur. Eran los primeros.
Amundsen y su gente se quedaron ahí por 3 días para investigar y hacer mediciones. Al partir,
levantaron una tienda negra (llamada Poleheim) donde dejaron algunos equipos y en lo alto, la
bandera de Noruega. En el retorno iban a encontrar comida de sobra, con las ansias de regresar a
Europa lo antes posible. Llegaron a la Bahía de las Ballenas el 25 de enero de 1912 y tomaron de
inmediato su barco para irse del continente blanco y dar la gran noticia al mundo.
Amundsen lo logró... pero ¿Scott?. Recién habían llegado al pie del glaciar Beardmore el 10 de
diciembre de 1911 presentando ya signos de cansancio. Aún cuando llegaron a la meseta polar, les
faltaban 240 kilómetros para llegar al polo. Sin perros ni ponys, el 3 de enero de 1912 Scott
escogió a cuatro de los siete hombres que lo acompañarían para atacar el objetivo: Edward
Wilson, Lawrence Oates, Edgar Evans y Henry Bowers. Según los planes originales debió haber
escogido a sólo tres, pero su convicción de que al menos un integrante del ejército (Oates)
debía estar entre ellos fue más que las provisiones planeadas para cuatro personas.
Paradójicamente Oates, que estaba herido de una pierna, era el encargado de los ponys.

Bajo estas condiciones los cinco partieron hacia el Polo Sur, con mucha valentía y
sobreponiéndose a los 38 grados bajo cero, los 3000 metros de altura y el cansancio. Pero cuando
estaban a pocos metros de la meta, vino el desastre. El 17 de enero de 1912 uno de los hombres
de la expedición divisó a lo lejos un punto oscuro. A cada paso que los desdichados se
acercaban, se convencían que era el campamento que Amundsen. La suerte estaba echada: todo por
lo que lucharon fue en vano; el sacrificio, inútil, ya ni siquiera podían saber cómo regresarían
con vida a casa... Sus notas de viaje lo expresaron con total crueldad: todos los sueños de fama
y gloria se esfumaron. Al cansancio y la terrible condición climática se les unió el
derrumbamiento moral, dejándoles apenas tomar unas cuantas fotos y emprender el triste retorno.
Por otro lado, Amundsen partió en su nave rumbo a Europa el 30 de enero. Ningún integrante de
su expedición había resultado herido ni enfermo. El nuevo héroe se convirtió en el hombre más
famoso de Europa; su nombre pasaría a la historia tal como él se lo propuso, con una
organización envidiable, y un ejemplo para las futuras expediciones.
En el bando de los británicos la situación era penosa. Estaban a demasiados kilómetros de
McMurdo Sound, y las posibilidades de sobrevivir utilizando sus propias fuerzas para movilizarse
eran muy escasas. Cada día que pasaba estaba más cercano al invierno, encontrando en cada base
insuficiente cantidad de comida como consecuencia de llevar a uno más al viaje. A ello se les
unía el desgano y la depresión, producto del fracaso. Sin embargo todavía recolectaban piedras
de la Antártida como parte de su investigación.
El 13 de febrero, a medio camino del glaciar Beardmore, Evans cayó inconsciente en el hielo,
muriendo pocas horas después. Para marzo, Oates sufría de escorbuto y tenía los pies congelados,
teniendo que ser amputados. Todos pensaban que iba a morir cierta noche, pero al día siguiente
despertó. Era el 17 de marzo, el día de su cumpleaños número 32. Oates sabía que era una carga
para sus compañeros, salió de la tienda que habían instalado para protegerse de la tormenta de
nieve y desapareció. Nunca más se supo algo de él.
El amargo final de Scott y su gente estaba cerca. La tormenta desatada sobre ellos no cesaba.
Faltaban 18 kilómetros para la siguiente fuente de provisiones, que los esperaba con una
tonelada de víveres y combustible; pero el mal tiempo los había condenado: era imposible seguir.
El 29 de marzo de 1912 Scott escribió su última nota en su diario, sabiendo que iba a morir en
cualquier momento. Así fue.
Sus cuerpos fueron encontrados el 12 de noviembre de 1912. Bowers y Wilson murieron mientras
descansaban. Scott estaba en una posición que dejaba entrever que hizo hasta lo último para no
morir, con un brazo extendido hacia Wilson, convirtiéndose en un misterio aquellos últimos
minutos de su vida.
De forma trágica terminó la carrera por el Polo Sur. Aunque el objetivo fue logrado, existieron
muchas otras expediciones en la Antártida, pero ninguna ha tenido tanta importancia para la
humanidad como la ocurrida entre Roald Amundsen y Robert Scott.