Cuando el avión no tenía ni 10 años surcando por los cielos ya estaban siendo utilizados para
fines bélicos. Los primeros aviones militares fueron empleados para el reconocimiento de las
tropas enemigas, pero la Primera Guerra Mundial cambió su valor para siempre.

En las vísperas de la confrontación, las potencias beligerantes no poseían más de 200 aparatos,
que servían como apoyo para el espionaje en tierra. La obligación de impedir que el enemigo
pueda ver sus posiciones hizo que los pilotos porten armas. De esta manera, los duelos en tierra
eran simplemente llevados al aire. La primera victoria aérea de todos los tiempos fue en el mes
de octubre de 1914, cuando la tripulación francesa de Frantz y Quénault batieron con una
ametralladora a un avión alemán.
Los primeros combates aéreos parecían duelos de caballeros. El atacante debía ponerse encima de
su oponente y con vista al sol para no ser visto. Siempre debía atacar de arriba a abajo, pero
tenían que disparar por los costados para evitar dañar la hélice. Una vez hecha la ofensiva, el
avión nuevamente debía tomar altura para arremeter de nuevo si era necesario. Como una regla
implícita entre los aviadores, cuando el objetivo ya no era peligro, no debía darle el tiro de
gracia por respeto al piloto rival: al fin y al cabo perdonarle la vida puede representar la
misma benevolencia en caso que al atacante le ocurra lo mismo.
Para 1915 las técnicas evolucionaron cuando la frecuencia de disparo y la rotación de la hélice
estaban coordinadas, permitiendo ahora disparar hacia el frente sin dañarla. La nueva tecnología
además de atacar mejor, causó más bajas entre aviones y pilotos. Fue en estos meses donde surgen
los primeros aces: el más notable fue sin duda Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, que
derribó 80 aviones antes de morir en combate. Tal fue el respeto que inspiraba que los aliados
lo enterraron con altos honores luego de derribarlo.
Aunque la aviación ha cambiado, muchas de las costumbres de los primeros pilotos perduran hasta
nuestros días.