Pocos personajes en la historia de la Humanidad han generado tanta pasión y mitos como Manfred von Richthofen, conocido por
todos como el Barón Rojo. Fue el aviador más temible de la Primera Guerra Mundial, atribuyéndosele nada menos que 80 aviones
enemigos derribados oficialmente, un récord que permanece imbatible hasta hoy.

Nació el 2 de mayo de 1882 en Breslau, hoy una ciudad polaca llamada Wroclaw, dentro de una familia aristócrata. Hizo
carrera en la caballería del ejército del Imperio Alemán donde ganó la condecoración de la Cruz de Hierro.
Al estallar en 1914 la Primera Guerra Mundial Richthofen estaba enlistado en la infantería, pasando luego a la
Luftstreitkrafte o Servicio del Aire de la Armada Imperial Alemana, un reto que consideró fascinante. El avión, que apenas
tenía diez años de nacimiento, ya se estaba convirtiendo en un arma que llevaría la guerra a los cielos.
Al principio realizaba misiones de exploración de las líneas rusas en el frente oriental, hasta que fue asignado hacia
Francia donde se desataban furiosas luchas por el predominio del aire. En su primer vuelo logró su primera victoria,
fue el 17 de septiembre de 1916 en Cambrai (Francia).
Desde entonces y por los próximos 20 meses Richthofen se convirtió en el terror de la aviación aliada, derribando desde
pilotos inexpertos hasta ases del aire como el británico Lanoe Hawker. En 1917 recibió la Pour le Mérite, la máxima
condecoración militar de ese entonces.
En ese mismo año fue puesto al mando del grupo de combate Jagdsstaffell 11, grupo de élite conocido también como el Circo
Volante debido a la gran variedad de colores de los cazas que la conformaban, su sola presencia causaba temor.
Su avión lo pintó de color rojo intenso, ganándose así su apelativo de Barón Rojo. Tenía fama de temerario, su personalidad
cambiaba radicalmente al subirse a un avión. Tenía tal sentimiento de invencibilidad que cuando recibió una bala en la
cabeza no sólo siguió volando, sino que además comenzó a violar las reglas básicas de la aviación convirtiéndose en un
piloto suicida, peligroso incluso para sus propios compañeros. La única previsión que tomaba era el de llevar un vendaje en
la cabeza para evitar el desangrado de su herida.
La vida de un personaje tan controvertido tenía que llegar a su fin de una manera violenta. El 21 de abril de 1918 el
Circo Volante salió nuevamente a los cielos franceses con destino al Somme. El Barón divisó dos aviones británicos muy
lentos y vio la oportunidad de derribarlos fácilmente. Más arriba de ellos, el piloto canadiense Roy Brown divisó la
desigual lucha y decidió ir a la defensa de éstos junto con otros siete aviones de su escuadrón.
Los británicos lograron distraer la atención de los alemanes, entre ellos la de Richthofen, quien se puso a perseguir a un
inexperto aviador. Brown salió al apoyo de su compañero y empezó a perseguir al Barón. Éste apeló a diversas maniobras para
evitar el ataque del canadiense pero no podía deshacerse de él, haciendo que bajara el avión a niveles peligrosamente
cercanos al suelo, a pocos metros de la línea de trincheras aliadas.

El ejército británico era espectador de honor de la desesperada lucha, y no dudaron en formar parte de ella empezando a
disparar desde tierra al Fokker del as alemán. Una de estas balas, la del soldado de infantería australiano Evans,
le atravesó el pecho destrozándole sus órganos vitales matándolo casi al instante, siendo sus restos enterrados con todos
los honores por el enemigo como signo de respeto. Curiosamente fue un disparo en tierra quien acabó con la vida de la
estrella del aire.
A pesar de que oficialmente se le concedió a Brown la muerte del Barón, esta es la versión resultante de las investigaciones
hechas luego del combate.
La muerte del Barón Rojo dio paso a la leyenda. Su apelativo pasó a formar parte de la cultura popular como sinónimo de
valentía y misticismo. En la actualidad incluso hay juegos de computadora en las que tiene al Barón como principal enemigo.
Sin duda su leyenda permanecerá tanto tiempo como exista la aviación... e incluso más allá.