Horas antes de la medianoche del 9 de noviembre de 1989, un mar de alemanes rodearon el muro de
Berlín, el más grande monumento de la Guerra Fría, listos para derribar no sólo la estructura
que data desde 1961, sino el último horror que el nazismo dejó a su pueblo. Durante el día se
anunció oficialmente que a partir de la medianoche los alemanes del este podrían cruzar
cualquiera de las fronteras de Alemania Democrática, sin necesidad de contar con permisos
especiales.

En la medianoche, la incredulidad y el júbilo llegaron a su máxima expresión cuando todos los
alemanes orientales pudieron cruzar el muro (que ya estaba siendo demolido) y encontrarse con
familiares y amigos que en muchos casos no veían en muchos años. El temor a los soldados en el
muro desapareció: en lugar de disparar al primero que osara cruzar ahora estaban cuidando que el
desorden generado no se convirtiera en caos.
La corriente demócrata en la RDA (República Democrática Alemana) y que se extendió a todo el país
hizo imposible continuar la
obsoleta forma de gobierno impuesta por la hoy extinta Unión Soviética. Eran cada vez más los
berlineses que cruzaban el muro ilegalmente, ya sea montando el muro, cruzando por Austria y
Hungría, o refugiándose en la embajada de Alemania Federal en Checoslovaquia.

Una revolución se veía cada vez más cerca. Casi medio millón de alemanes orientales marchaban
pacíficamente en pro de su libertad en los días previos. Mijail Gorbachov advirtió a los
dirigentes alemanes que no contarían con su apoyo si usaban la fuerza para acabar con las
manifestaciones.
El jefe de seguridad de la RDA, Egon Krenz, amnistió a los que huyeron en un intento para que
regresen al país, el 27 de octubre. Pero el cruce el muro ya era masivo: el gobierno comunista
prácticamente perdió el control de la situación y para el 7 de noviembre renunciaría todo el
Consejo de Ministros. Dos días después, por añadidura, el muro ya no era más que un bloque de
cemento sin poder alguno. Alemania por fin era libre.