Cuando murió el emperador Tiberio en el año 37 de nuestra era, Roma suspiró de alivio. Su
sucesor era un personaje querido y aclamado por todos; sin embargo, nadie hubiera imaginado que
los cuatro años de gobierno del emperador Calígula fueron los más desgraciados del imperio.

Conocido desde niño con el nombre de Calígula, desde el primer día Roma fue víctima de su
particular forma de ser. En menos de nueve meses despilfarró todos los ahorros que a Tiberio le
costó años juntar (ya sea en obras para el pueblo o en fiestas y ceremonias). Para recuperarlos
aumentó exorbitantemente los impuestos; y no contento con ello hizo ejecutar a los más ricos
para quedarse con sus bienes y así aumentar las arcas. Se dice que cuando una tarde su mujer
dormía la siesta, Calígula había dictado 40 sentencias de muerte y le contó orgulloso el
dinero que había ganado. Otra historia, cuando sentenció a un hombre que no era rico, y cuando
Calígula se dio cuenta de ello se arrepintió de haberlo hecho.
Hizo cortar las estatuas de los dioses, ya que sólo él podía ser venerado: se sentía dios. Tan
así que no había mujer en el mundo con la que podía casarse, salvo su hermana. La convirtió en
diosa, pero no pudo casarse con ella porque murió.
Convencido en que no encontraría la mujer ideal, prefirió tomar a la primera que le
pasase en su camino y luego cambiarla por otra, sin importar si ésta tenía marido. Se casó y
divorció muchas veces. Tampoco su obsesión por la muerte del débil conoció límites. En el
coliseo no hacía terminar el espectáculo hasta que la arena no se teñía de rojo de sangre: si
faltaban gladiadores hacía meter a los espectadores a luchar contra los leones, sobre todo a
los nobles. El castigo que inflingió a los más poderosos lo hizo increíblemente
popular en el romano común y corriente, principal beneficiado de muchas obras.

Tal vez su acción más desalmada fue cuando quiso unir los cinco kilómetros que separaban ambos
puntos del golfo de Nápoles. Llamó a todas las embarcaciones a hacer un puente marítimo. Cuando
éste fue terminado, Calígula (vestido como su ídolo Alejandro Magno) lo recorrió de ida y
vuelta. Pero en el trayecto de regreso, organizó una gran ceremonia unipersonal y un gran
banquete donde asistieron todos los testigos de la hazaña. Cuando terminó el festín, ordenó a
sus soldados tirarse al mar para que murieran ahogados. Ésta y el haber nombrado cónsul a su
caballo se debaten entre sus mayores locuras.
La clase alta romana estaba harta de este hombre. Pero fue su propia guardia quien lo asesinó
en el año 41. Las clases bajas, el pueblo, lloró amargamente su muerte.