Aunque fueron muchas las mujeres que pasaron por la guillotina durante la Revolución Francesa,
fueron tres las que captaron la mayor atención pública, ya sea por lo que representaban o
por lo que hicieron para merecer la muerte.

La primera y más importante era María Antonieta, reina de Francia y esposa de Luis XVI, ahora
llamada "la viuda Capeto". Consciente que iba a morir por más que hiciera todo lo posible para
demostrar su inocencia, esta mujer adquirió todo el temple en la prisión de la que no pudo hacer
durante los últimos días de la monarquía francesa. Fue sentenciada al patíbulo el 16 de octubre
de 1793, su ejecución se iba a realizar al día siguiente. No hizo un espectáculo como muchos
antiguos gobernantes hicieron al momento de ser decapitados, dejando una extraña sensación entre
las personas que pasaron con ella los últimos minutos de su vida, aunque el pueblo festejó su
muerte como pocas veces antes.
La segunda dama respondía al nombre de madame Roland, la mayor enemiga de María Antonieta, el
corazón de los girondinos, grupo que lideró la Revolución y que dirigió el destino de Francia al
derrocar a Luis XVI, sin poder solucionar la crisis. Junto con las máximas autoridades
girondinas, condenadas a muerte por sus rivales los jacobinos liderados (y mandados a ejecutar)
por Robespierre. La madame Roland, hermosa
republicana a ultranza que consideraba a los reyes despreciables perversos, sí tuvo algo que
decir en el patíbulo: "Hoy un palacio, mañana una cárcel. Ésta es la suerte de los justos".
La tercera, aunque menos importante en jerarquía, fue la que produjo más escándalo por lo que
hizo. El 13 de julio de 1793 Carlota Corday, una provinciana francesa, visitó la vivienda de
Juan Pablo Marat, periodista anarquista y despiadado con los que no demostraban simpatía con la
Revolución, dueño y editor del diario "El Amigo del Pueblo".
La mujer entró en la casa de Marat con el pretexto de darle noticias nuevas sobre la Revolución,
quien desde la bañera la hizo pasar (sufría de una delicada enfermedad en la piel que requería constante
limpieza). Mientras ambos conversaban, Corday sacó de súbito un cuchillo y se lo clavó en el corazón
dándole muerte en unos cuantos minutos. En el juicio, ésta aceptó su culpabilidad con orgullo.