Todos los intentos de grandeza que el Duce tenía para Italia se vinieron abajo cuando los
aliados invadieron Italia en 1943. Para 1945, casi toda la península estaba liberada y sus
días estaban contados. El 1 de abril los norteamericanos cruzaron el Elba y Mussolini convocó
a los altos mandos del ejército italiano para retirarse hacia Suiza antes de ser aniquilados.

Por otra parte, tropas alemanas e italianas hacían caso omiso a su jefe y preparaban la
rendición. El día 25, el Comité de Liberación Nacional asumió todos los poderes civiles y
militares en nombre del pueblo italiano, enjuiciando por su cuenta y riesgo a todo aquel
que haya llevado a Italia al desastre. Sabiendo que Mussolini era el principal buscado, trató
de negociar con el Comité una rendición condicionada. Los nuevos gobernantes rechazaron tal
idea y Mussolini tuvo que huir a Suiza, encontrando la frontera cerrada.
Uno de los hombres más poderosos de Europa hasta hacía unos meses estaba rodeado. Se reunió con
su amante Claretta Petacci para despedirse, e intentar una desesperada fuga. El 28 de abril se
disfrazó de soldado y se metió en un camión siguiendo a una caravana rumbo a Suiza. Una patrulla
de la Resistencia Italiana detuvo los vehículos para una inspección (se había establecido que
ningún soldado italiano podía abandonar el país). Uno de los jefes creyó reconocer a Mussolini.
Lo llamó por su nombre y éste no respondió. Llegaron otros y lo identificaron de inmediato. El
Duce no opuso resistencia cuando le arrebataron la metralleta que llevaba en las rodillas, ni
cuando le descubrieron un equipaje con dinero en libras esterlinas y documentos de bancos suizos
por varios millones de liras. El Comité ordenó el juicio al hombre que llevó a Italia a la
guerra, a pesar que el armisticio firmado antes con los aliados los obligaba a entregarlo a
ellos. Fue condenado a muerte.
El Coronel Valerio llevó a Mussolini y a su esposa a un muro con soldados al frente y le
comunicó su destino. Él y su amante se abrazaron, siendo la última imagen de ambos antes de ser
demolidos por el fuego de la ametralladora. Pero la historia no acabó ahí. El cadáver de
Mussolini fue llevado a Milán en un camión junto con otros cuerpos ejecutados, siendo colgado
de los pies para que el pueblo allá reunido pueda verlo.
Así fue el final de uno de los hombres más tiranos del siglo XX.