El 20 de julio de 1944 un atentado contra Adolf Hitler a cargo de Klauss Schenk von
Stauffenberg casi terminó con la vida de éste. Inmediatamente después empezó la cacería a
todo aquel que tuviera algo que ver con el atentado, desde los mismos ejecutantes hasta aquellos
que estuvieran de acuerdo con él.

Entre ellos estaba el Mariscal Erwin Rommel, el militar más prestigioso de Tercer Reich. Seguir
con él la misma vía de ejecución que el resto de conspiradores sería un golpe mortal para la
moral alemana, afectada ya por las constantes derrotas en todos los frentes durante los últimos
meses.
Mientras se estudiaba la suerte del "Zorro del Desierto", éste estaba en su casa recuperándose
de unas heridas causadas tras un ataque. El plan para matar a Rommel estaba hecho. A mediados
de octubre de 1944, los generales Burdorf y Maisel, enviados por Hitler, fueron a su casa y le
instaron a escoger entre el suicidio o las represalias a su familia y la deshonra pública.
Rommel, consciente que su suerte estaba echada, decidió salvar su honra y la de los suyos y
acompañó a los generales a un paseo en auto.
Tres kilómetros más allá de su casa, Rommel salió del auto y se fue a un paraje escondido.
Instantes después se escuchó un disparo. Inmediatamente después lo llevaron al hospital donde
todo estaba preparado para llevar sus restos a Berlín. El mariscal preferido
del Führer, el mismo que había auspiciado su asesinato, fue celebrado con los funerales más
suntuosos.