
Wolfgang Amadeus Mozart, un genio de la música clásica, pasaba la última noche de su vida en la
más completa miseria, acompañado sólo por su esposa Constanza, su cuñada Sofía y sus discípulos
Rosser y Sussmayer.
El genio le pidió a Rosser tocar la Lacrimosa para él. Luego de escuchar unas partituras, Mozart
lloró por última vez antes de morir a los 35 años, dejando un legado a la Humanidad imposible de
imitar.
El día siguiente se desató una intensa lluvia. A nadie le importó la muerte del olvidado
personaje. El poco numeroso cortejo fúnebre ni siquiera se tomó la molestia de entrar al
cementerio, porque éste era una triste fosa común totalmente embarrada. Sólo los enterradores y
su perro fueron testigos del amargo final del tal vez el más grande exponente que la música haya
podido crear.