
Luego de la cruenta derrota en Waterloo contra el ejército de la coalición liderado por el
Duque de Wellington, Napoleón Bonaparte abdicó al trono de Francia el 22 de junio de 1815,
dando fin al Imperio de los Cien Días para luego retirarse al palacio de la Malmaison.
Días después planeó su autoexilio de Francia; se despidió de sus amigos y tomó un barco rumbo a
América a vivir en la clandestinidad.
Pero el navío fue interceptado por la armada británica. Pensando que tendría deportado a algún
rincón de Gran Bretaña donde viviría en el absoluto anonimato, y al no tener nada por qué
luchar, el otrora Emperador decidió entregarse.
Pero la realidad fue otra. En agosto el barco Northumberlad llevó a Napoleón la isla de Santa
Elena condenado a vivir ahí el resto de sus días. Fue alojado en un establo grande, resguardado
ventana por ventana por soldados ingleses. Su correspondencia era censurada en todo momento. Su
carcelero, Hudson Howe, no le quitaba la vista de encima ante un infundado temor de escape. Y
para humillarlo más, los guardianes lo llamaban despectivamente "general Napoleón".
Mientras tanto, Napoleón escribió sus memorias, intitulado el Memorial de Santa Elena, donde
relató todas sus historias en los campos de batalla. Publicado en 1828, lo elevó a niveles
legendarios, un orgullo para el ejército francés.
Pero sus últimos días fueron terribles. Napoleón sufría constantemente del estómago, no pudiendo
comer ni beber nada por largos lapsos de tiempo. Lo más probable es que en uno de esos ataques
sobrevino su muerte, aunque no se ha descartado un posible asesinato por envenenamiento.
Cualquiera haya sido la causa de su muerte, lo seguro es que ocurrió el 5 de mayo de 1821.
Sus restos fueron enterrados en Santa Elena, en cuyo ataúd se depositó su uniforme de combate.