Al ascender Joseph Stalin al poder, convirtió a Rusia en un gran país industrializado, con una
agricultura eficiente, pero con un poder centralista y exageradamente dictatorial. La ahora
denominada Unión Soviética estaba preocupando a Europa por el enorme poder de su gobernante,
poder que podía ser peligroso para la propia estabilidad del continente que ya mucho padecía con
Adolf Hitler en Alemania.

Como en todo régimen dictatorial, Stalin creyó necesario acabar con los rivales políticos. Así
empezaba un pasaje negro en la historia rusa del siglo XX. En el primer día de diciembre de 1934
era asesinado Alexei Kirov, su propio colaborador y considerado heredero. Luego hizo condenar a
muerte a los dirigentes más importantes del bolchevismo, opositores al régimen,
sindicalistas y un sinnúmero de generales y mariscales del ejército. A otros, se les obligó al
suicidio ante la amenaza de matar a sus familias y a la deshonra pública. Otros no tan
importantes fueron apresados y enviados a Siberia a hacer trabajos forzados, de éstos se cuentan
cientos de miles. Hacia 1936, eran 10000 los asesinados en la gran purga.
Stalin quiso "apaciguar" las aguas, y con la consigna de demostrar algún tipo de conservadurismo
de derecha para la opinión europea, se introdujeron en 1936 algunas garantías individuales que
en la práctica nunca se cumplieron.
La crisis política que sus actos estaban impidiendo asesinar
a algunos militares, pero de igual forma representaban un peligro para el régimen. Stalin
aprovechó el estallido de la Guerra Civil Española para enviarlos a combatir, siendo asesinados
por sus propios soldados por órdenes del dictador. Sólo el peligro del estallido de la Segunda
Guerra Mundial paró la matanza.
La gran purga de 1934 tuvo sus consecuencias. Cuando Alemania invadió la Unión Soviética en
1941, el ejército contaba con oficiales sin experiencia, siendo literalmente aniquilados por
el enemigo durante las primeras semanas de lucha. Cuando terminó la guerra, 20 millones de
soviéticos habían muerto.