
Cuando la revolución derrocó a la monarquía en Francia, los girondinos trataron de solucionar
los problemas económicos que la crisis suscitó. Pero al estallar la guerra contra la
coalición europea (que no aceptaba la nueva república) en febrero de 1793, la situación cambió.
El conflicto impidió cualquier rescate económico a corto plazo. Entonces los jacobinos tomaron
parte importante de la acción, consciente que el gobierno debía ser más fuerte. Francia
convulsionó aún más luego de sufrir los primeros reveses en Bélgica contra la coalición, para
luego ser invadidos en su propio territorio. En abril de ese año fue creado el Comité de
Salvación Pública, y un tribunal para enjuiciar a los antirrepublicanos.
La suerte estaba echada para los girondinos. El 2 de junio de 1793 los jacobinos tomaron el
poder del país mediante un golpe de estado, e inmediatamente 28 dirigentes del gobierno fueron
apresados y acusados de alta traición. Fueron condenados a morir en la guillotina.
Las personas más representativas de la Revolución Francesa iban a ser ejecutadas en el mismo
lugar donde ajusticiaron a las personas contra quienes se rebelaron. Así es el destino. El 31 de
octubre de 1793, los 28 girondinos fueron transportados en carretas enjauladas hacia la plaza y
en medio de la multitud mientras éstos cantaban La Marsellesa a todo pulmón. En un acto
conmovedor, cada condenado no dejó de cantar el himno a la libertad hasta el momento en que la
cuchilla atravesó su cuello.
De esta forma, la Revolución mató a sus propios hijos.