La Primera Guerra Mundial (1914-1918) le había costado a Francia casi un millón y medio de
hombres, casi toda una generación que costó mucho ser recuperada.

Aquel número, una fría estadística en tan infausta contienda, simplifica todos los padecimientos
que sufrieron los soldados sin rango: sus superiores, que sólo buscaban ambiciones personales y
ascensos en la jerarquía de mando, ordenaban a estos olvidados a su suerte a misiones suicidas cuya
única prueba de fracaso eran sus cadáveres en el fondo de las trincheras. Todo ello mientras que
sus superiores analizaban la situación desde la comodidad de sus castillos, bien alimentados y atendidos,
lejos de la insanía del combate. Por eso, se dice que la Gran Guerra fue la peor de todas para
el combatiente común.
Era necesario glorificar la memoria de los valerosos soldados, anónimos muchos. Se tomaron ocho
cadáveres sin reclamar desde Verdún, uno de los lugares donde se realizaron los combates más
encarnizados, y bajo el Arco del Triunfo en París se levantó un monumento en su honor.
El 10 de noviembre de 1920 el soldado Augusto Thin, perteneciente al 132º regimiento de
Infantería, designó a uno de ellos con un ramo de flores. Este cadáver fue enterrado con todos
los honores en la Plaza de la Estrella.
Hoy, casi todos los países involucrados en una gran guerra honran de esta manera a sus soldados caídos.