Aún cuando la Revolución se estaba extendiendo por toda Francia en los primeros días de julio de
1789, el rey Luis XVI se mostraba intransigente ante el movimiento generalizado. Despidió a
Jacobo Nécker, su ministro de Hacienda y uno de los políticos más respetados del país, y llamó a
los países extranjeros para que lo apoyen a aplacar la Revolución. Esta actitud hizo que el
Tercer Estado (el pueblo) se levante con más fuerza que nunca.

Era el 14 de julio de 1789. Exhortados por sus dirigentes, el pueblo se dirigió a la Bastilla
para tomarla por asalto. La Bastilla fue la prisión del Estado, el icono máximo del poder de la
monarquía en Francia. Este palacio estaba defendido por fuertes murallas de 400 años de
antigüedad, ocho torres cilíndricas, fosas y puentes levadizos. Sin embargo no contaba con más
de 7 prisioneros, todos ellos delincuentes prontuariados. Pero no importaba, el objetivo del
pueblo era tomar sus armas y municiones, antes que éstas acabaran con ellos.
Al son de las marchas, el pueblo se abalanzó sobre la Bastilla. Los defensores no sabían que
hacer ni cómo defenderse ante sus vecinos, amigos y hasta familiares. La multitud, sólo con el
ideal de libertad como arma, derrumbó las puertas y muros del castillo apoderándose de las armas
y arrasando con todo lo que había adentro.
Para la tarde el pueblo parisiense tomó la Bastilla. El alcaide de la prisión, el marqués de
Launay, fue literalmente desaparecido y su cabeza expuesta en las afueras del palacio. La
Revolución Francesa había tomado acción, y no pararía hasta la caída de Luis XVI y la creación
de la República.
Nadie podría imaginar en ese momento que aquella multitud de furibundos obreros, artesanos y
leñadores, con el sueño de una vida digna y justa, cambiarían al mundo.