Pocos sucesos en la historia de la aviación se recuerdan tanto como la tragedia ocurrida con el
Hindenburg, el aparato aéreo más grande jamás construido, en el mes de mayo de 1937.
En la década del treinta, los Graf Zeppelin, inmensos dirigibles alemanes capaces de cubrir
grandes distancias, cautivaban al mundo por su imponencia, glamour y seguridad. Ningún noble o
adinerado podía perderse aquella aventura colosal.

Sin duda el mejor de todos fue el Hindenburg, el dirigible más grande de la historia, nombrado
en honor al Mariscal de Campo Paul von Hindenburg, muy respetado militar en la Primera Guerra
Mundial que fue electo presidente de su país. Medía 252 metros de largo, 38 de ancho y su
velocidad máxima era de 124 km/h. Las 240 toneladas de peso (2128000 metros cúbicos de hidrógeno
altamente inflamable) era movido por cuatro motores Mercedes Benz. Este gigante podía
transportar cómodamente a 72 pasajeros.
En 1936 este dirigible empezó a cubrir rutas intercontinentales a través del Atlántico
Norte, uniendo especialmente Alemania con los Estados Unidos.
Luego de 18 vuelos entre ambos continentes durante el año anterior, el 3 de mayo de 1937 el
Hindenburg despegó del aeropuerto Tengelhof rumbo a Nueva Jersey.
El Zeppelin llegó a destino el día 6, con 13 horas de retraso debido al mal tiempo en el mar que
se había extendido a la ciudad. Buscando un momento más adecuado para desdender en el aeropuerto
de Lakehurst, se decidió dar al dirigible una vuelta alrededor de la ciudad hasta que la lluvia
cesara. Cuando el tiempo mejoró se ordenó descender al tener a la vista el poste de
amarre. Posteriormente se lanzó las primeras dos líneas para los empleados de tierra del
aeropuerto y se ordenó parar los motores. Casi en el mismo instante la lluvia, esta vez con los
relámpagos pegando fuerte, volvieron.
Segundos después ocurrió la tragedia. Una terrible explosión sacudió el suelo: inmediatamente
después una gran bola de fuego salió del interior de la nave y se extendió a toda ella en
instantes: de repente el aparato aéreo más grande de la historia de la humanidad se había
convertido en un infierno.
El locutor de radio Herben Morrison era uno de periodistas presentes. Su desgarradora crónica
en el mismo instante de los acontecimientos hasta hoy resulta conmovedor. A través de las
cámaras que filmaban el arribo del Hindenburg se pudieron ver a los desesperados pasajeros
saltando de la cabina en medio del fuego, y al personal de tierra y los testigos huyendo
despavoridamente del dirigible convertido en una gran bola de fuego cayendo sobre ellos.
Aunque parezca increíble, de las 97 personas a bordo sobrevivieron 62. Sobre la causa de la
explosión, la mayoría aceptó la teoría de una chispa proveniente de la tormenta eléctrica
desatada aquella noche; aunque se barajan otras posibilidades, desde fuego provocado por algún
cigarrillo hasta el estallido de una bomba al interior del dirigible por militantes antinazis
(el Hindenburg fue construido con ayuda del gobierno de Hitler).
Al día siguiente gran cantidad de personas fueron a la zona del desastre a coger al menor una
parte del siniestrado dirigible reducido a fierros retorcidos. Para evitar el saqueo, se rodeó
la zona, permitiendo el paso sólo a los camiones que iban a llevarse los restos para regresarlos
a Alemania. Aún así, en cada parada los camioneros eran constantemente atraídos por las ofertas
de los pobladores para que siquiera les dejara un pequeño recuerdo. De hecho, algunas antiguas
familias de Nueva Jersey conservan una pequeña parte del Hindenburg.
Las fotos y películas del desastre acabaron con la moda del Zeppelin como medio de transporte.
De hecho, nunca más se volvió a hacer un viaje como este. Posteriormente los avances del avión
terminaron para siempre la leyenda del dirigible, limitándolo a algunas pequeñas aventuras, más
para fines publicitarios, en unidades mucho más pequeñas que los armatostes de antaño.